Les compartimos esta historia de Diego Eduardo Ruiz Chila, un profesional al servicio de los colombianos que combate, como todo buen guerrero, para salvar las vidas y arrebatarle muertes a este enemigo.
Bogotá, 04 de mayo de 2021. – Nadie conoce más el rostro de la tragedia que ha traído consigo la pandemia por covid-19 que los profesionales de la salud.
Estos, que no quieren ser llamados héroes ni buscan el protagonismo,
son seleccionados por el destino desde muy pequeños a una vocación plena al servicio y al amor por preservar la vida de los otros.
La pandemia nos tomó por sorpresa a todos y ningún ser humano en este planeta previó que el 2020 la humanidad se enfrentaría al reto más doloroso y desgarrador del último siglo. Sin duda alguna, la ciencia y la medicina han sido una hermosa compañera que nos ha superpuesto una luz al final de este túnel, que aún no se ve con claridad, pero que sin duda nos regala al trasegar de los días vislumbrarla un poco más.
Este momento único en la historia, que cada vez se encuentra acechando y cercando nuestros círculos sociales, ha dejado millones de historias; muchas con desenlaces fatales, otras acompañadas de alegrías por superar la enfermedad, y otras alineadas al esfuerzo casi sobrehumano de todos ellos que día a día dejan todo en las unidades de cuidado intensivo y salas de hospitalización para arrebatarle a la muerte una víctima más, que como bien sabemos, el covid-19 es una enfermedad mortal que pareciera comportarse
como una ruleta rusa, de manera impredecible.
Hoy queremos compartir la historia de uno de ellos, de esos que llevan más de un año y medio trabajando armados como quien va a enfrentarse a desactivar una bomba y que de manera cuidadosa deben tratarla para no hacerla explotar: esta es la percepción de un hombre que simplemente no se negó a este llamado, al de servir con su vida para salvar otras.
Diego Eduardo Ruiz Chila, un enfermero de 32 años, oriundo de un caserío
llamado La Magola, ubicado entre los municipios de Supatá y San Francisco en
Cundinamarca, llegó a Bogotá a cumplir uno de los múltiples objetivos de su proyecto de vida y quien ahí lo encontró este enemigo silencioso.
Se graduó en junio del año pasado como profesional de enfermería de la Fundación Universitaria Juan N. Corpas, después de haber ejercido como
auxiliar de enfermería por aproximadamente 13 años. La dicha de este logro cumplido se mezcló con el azote de esta pandemia que lo llevó a trabajar en el Hospital Cardiovascular en Soacha, Cundinamarca, en la Unidad de Cuidado
Intensivo de pacientes covid-19.
La enfermería es una de las artes más hermosas de las profesiones de la salud.
Menciona Diego que son ellos y ellas los que cumplen el rol de ser la compañía idónea para esos pacientes que llegan a las salas de hospitalización y UCI y
ser un apoyo para superar sus enfermedades o al menos controlarlas para
volver a encontrarse con los suyos.
“Nosotros somos los amigos, que por las múltiples y casi infinitas
complicaciones de la salud están ahí para ellos. Nuestro trabajo está comprendido en cuidar de su integridad y de atenderlo para todo lo que requieran, y en diversas situaciones, por la imposibilidad de recibir visitas por el riesgo que implica el virus, somos los únicos que ellos ven por muchos días mientras superan este flagelo e incluso la última que algunos ven”.
Es muy difícil, relata él, poder ser ese contacto, porque usualmente los
enfermeros cuando se encuentran en el desarrollo de su labor, los pacientes pueden ver sus rostros, pueden darle una sonrisa, pueden brindarles cariño a través de sus ojos, “pero no si te encuentras bajo tres trajes de protección, dos tapabocas, unas monogafas, tres juegos de guantes, y una careta
cuidando de tu vida. Es como verse tras un caparazón”.
Este panorama es más triste aun cuando eres el único contacto que esa
persona tiene con el mundo exterior. Aquí, la tecnología ha jugado un papel vital para darles una razón a todos de seguir luchando cuando muchos se encuentran incluso en sus lechos de muerte, “pero también han convertido en
cuadros desgarradores cuando haces una videollamada con sus familiares para indicarles los procedimientos a seguir, para que los vean y les den un mensaje de aliento, o también para despedirlos”.
Y es que es así como cuenta que se han convertido las Unidades de Cuidado Intensivos de atención por covid-19 en los hospitales y clínicas alrededor del mundo: una sinfonía de sonidos de pacientes con unas deficiencias respiratorias totalmente perceptibles y otros que se encuentran bajo el azote de la ventilación mecánica, que como muchos sabemos, es una técnica para salvarles sus vidas y mejorar su oxigenación, pero totalmente invasiva.












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