Con la espléndida noticia que desde el 1 de septiembre se autorizan los vuelos comerciales a la isla de San Andrés procedentes principalmente de Bogotá y Medellín, renace la esperanza para la industria del turismo en la isla. Todos los isleños sabemos que nuestra economía se mueve con base en el turismo, sin embargo, siempre se habla de la difícil situación que atraviesan los hoteles, almacenes y grandes actores del sector turístico, pero hoy me detengo a pensar en todas aquellas personas, negocios y actividades micro, que hacen parte de este sector.
Me refiero a todas esas personas y las pequeñas actividades que desarrollan para el turismo, las cuales a veces no precisamos la importancia que tiene su pequeño negocio, en la vida diaria de nuestro territorio y en el crecimiento de la economía de la isla.
No olvido al impecable hombre de blanco que vendía sus cocadas en la playa en competencia con la señora de una voz potente pero amable, que hace más publicidad a sus deliciosos “enyucaos”. Ni hablar del vendedor de mangos: maduros, verdes o pintones (como coloquialmente les llamamos y que son mis preferidos), los cuales puedes degustar con sal, pimienta y limón al gusto.
Tampoco puedo dejar de lado, al fornido y joven moreno, que en una esquina de la peatonal promociona su alquiler de motos, mientras balancea sus caderas y brazos al son del reggae o champeta que escucha a un volumen muy particular en su grabadora.
De igual forma, cómo no mencionar a las personas que trabajan alquilando los carritos de golf, carros, camionetas y demás vehículos para dar la vuelta a la isla, admirando el bello paisaje de mi hermoso mar de los 7 colores, la vegetación y colorida arquitectura isleña, mientras haces varias paradas (a pesar que tu yo interior te dice que no olvides la dieta), para degustar o mejor deleitarse con las empanadas de cangrejo, pie de limón y demás delicias típicas de nuestra gastronomía, que se compran en las mesas ubicadas sobre la circunvalar y atendidas por nuestras amables, siempre sonrientes y expertas cocineras isleñas. De igual forma, el antiguo trencito, ese que recorre la circunvalar, con sus sillas de madera y amplios ventanales para sentir la brisa fresca del caribe y admirar el paisaje.
Así mismo, es imposible olvidar a nuestras carismáticas mujeres, que al caminar por la peatonal te dicen “amiga la trenza” o “amigo de donde nos visita”, o que decir, de esos muchachos que salen día a día con su mejor actitud y persistencia, a convencer a los turistas o peatones de invertir en un plan hotelero.
Cómo olvidar las mujeres que ubican sus mesas de comida en la peatonal, reconocidas y admiradas por muchos turistas, quienes hacen una parada obligatoria en su lento caminar por esta vía, para degustar un ceviche, una torta de piña o almorzar con una generosa porción de pescado frito, adobado con ese singular sabor de la “black pepper” y como para morir de satisfacción en nuestras papilas gustativas, las crocantes tajadas de fruta de pan y arroz de frijol.
O aquellos caminantes de la playa o estacionarios, que ofrecen sus artesanías como pulseras, collares, sombreros y demás productos hechos a mano, que exaltan nuestra riqueza cultural.
Volver a ver los aviones o “pájaros de acero” surcar nuestro cielo soleado y espléndidamente azul, es una alegría para muchos, pero muchos, obviamente en algunos persiste el temor de reanudar el ingreso de personas al territorio insular por el riesgo de contagio que esto implica, pero con las medidas de bioseguridad que se han adoptado y de la mano de Dios que siempre ha protegido nuestras islas, la llegada de estos turistas lo único que contagiará será esperanza y alegría a todas las personas que viven del turismo.
Dios bendiga nuestro hermoso archipiélago y que prontamente el turismo se reactive como en otrora.
Por Georlett S. Gordon
















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