
Por César Pizarro B
Ayer entre Pereira y Armenia escuché un homenaje que le hizo Julio Sánchez Cristo en la W Radio a Vicente Fernández y lo primero que pregunté a quienes iban conmigo a bordo del carro, era si había muerto «Chente», ya que en la noche del viernes había visto en Feed una noticia del delicado estado de salud del «Charro» de México.
Creo que tengo uso de razón de la existencia de ‘Don Vicente’ desde 1982 cuando en la televisión colombiana Amparo Grisales y Frank Ramirez (Q. E. P. D) protagonizaron «El Gallo de Oro», una de las más legendarias novelas de la televisión nacional, y sus canciones, principalmente «El Rey», hacían parte de la musicalización de la serie que todas las noches concentraba la atención de los colombianos frente a la caja mágica.
Fue gracias a la obra del también mexicano Juan Rulfo, adaptada por otro célebre escritor azteca, Carlos Fuentes que muchos de mi generación, tuvimos noción de la maravillosa música de Vicente Fernández.
Del Charro de México podríamos decir que era la última leyenda viviente de la Ranchera, que sobrevivió a la generación de grandes de esa música como Jorge Negrete, Pedro Infante, Javier Solís y Don Antonio Aguilar que falleció en 2007.
Junto a los tres primeros, era catalogado uno de los «cuatro gallos» de la música popular mexicana e incluso fue considerado el «Frank Sinatra de la Ranchera»; obtuvo en su larga y exitosa carrera dos premios Grammy, 16 latinos y un sinnúmero de discos de oro, platino y diamante.
Mi fascinación personal por la ranchera, a pesar de mi gusto universal por la música que pasa por todos los ritmos, en virtud a que la considero el principal arte cultural, me ha llevado a expresar que de no haber nacido en Colombia con su amplia riqueza musical pero de la que muero por el Vallenato, me habría gustado haber nacido en México; ambos países se parecen en mucho pero sobre todo en la creación de su propia identidad músical popular.
No hay karaoke en el que yo participe, donde su legendaria «Ley del Monte» la intérprete a todo pulmón, tratando infructuosamente de alcanzar la ganacia musical de «Don Chente», aunque debo reconocer que inmerecidamente el software del karaoke me ha dado 96 puntos de 100 en varias de estas imitaciones de artista.
La única y última vez que ví en vivo a Vicente Fernández fue el 22 de febrero 2009, en Barranquilla, en un concierto del mexicano, que terminó la madrugada del lunes de Carnaval en el parqueadero del estadio Romelio Martínez, donde ahora está la estación Joe Arroyo de Transmetro.
Yo fui uno de los cerca de 25 mil personas que ovacionaron al charro, quien aceptó trago de los aficionados, se quitó el sombrero de charro y se puso uno vueltiao, que enloqueció a los asistentes.
Adiós al último más grande de la música de América.












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