
Por César Pizarro Barcasnegras
Un ciudadano desprevenido logró lo que ningún gobernante, congresista, líder gremial, político, social o medio de comunicación en años de hablar y «actuar» en nombre del Archipiélago.
Este anónimo simplemente tuvo el valor civil de registrar un episodio que podría resultar cotidiano en algunos vuelos con escasos pasajeros, pero que éste supo evaluar en el momento indicado, para no quedarse callado, lanzar un SOS y hasta dejar la constancia de una protesta por la inacción de quienes deben haber tomado las riendas de un problema que el mismo establecimiento provocó.
En pocas horas todos los medios del Archipiélago, Colombia y el exterior habían viralizado el lápidario SOS que el anonadado viajero grabó poco antes de despegar sin imaginar que al aterrizar en San Andrés su voz sería famosa, su relato audiovisual una proeza y todo mundo estaría hablando de su testimonio.
Ese pasajero desprevenido puso todos los reflectores de la prensa nacional sobre San Andrés y metió en la agenda pública oficial la crisis del turismo en el Archipiélago que hasta ahora no habían podido mostrar en toda su dimensión nuestra dirigencia política ni gremial.
Luego vendrían los análisis sesudos de la prensa, de los políticos, de los líderes de opinión, Gobierno, Oposición, y ciudadanía del común.
Pero me llama la atención por descarnado y acertado el de Semana que comienza poniendo el dedo en la llaga: San Andrés es muy bonita pero la tienen acabada.
Tal cual. Esta es una ciudad acabada, arruinada, asquerosa, sucia, cochina, mal educada, champetuda, corroncha, insolidaria, espoliada, corrompida, maluca, y un largo etcétera de vilezas por cuenta de una sociedad que fue desvalorizada por un arrasador fenómeno migratorio, un modelo económico errado y un apetito por el dinero que hizo olvidar principios y valores que habían legado los ancestros.
Una ciudad donde pululan los basureros a cielo abierto por doquier, producto de la mala educación, falta de higiene y ausencia de autoridad. Autoridad qué se resiste a hacer cumplir la Ley, o siquiera a intentarlo, y que no echa mano de herramientas legales que por lo ejemplarizantes y sancionatorias podrían aconductar la indisciplina e incultura social.
Una ciudad donde la mala educación y corroncheria ciudadana le impide a las personas respetar un semáforo en rojo o levantar las botellas de cerveza que consumen en alguna de sus playas; por el contrario, prefiere arrojarla sin ruborizarse, en el camino antes de llegar a una caneca de basuras a depositarla.
Una ciudad deforestada que a diario destruye sus pocos bosques para edificar un nuevo tugurio, por que es mejor negocio lotear, parcelar, quemar, y construir sin ninguna planificación, ni apego a la ley, por que la autoridad no existe y lo importantes es ganar unos millones extras por la venta de la tierra.
Una ciudad donde los políticos solo velan por sus intereses por que consideran que su cuarto de hora es para su enriquecimiento y no al servicio de la comunidad a la que solo esperan convencer el día de elecciones con un billete con el que hipotecan su futuro y pierden sus derechos.
Una ciudad que huele mal en todas partes no solo por el hedor de las alcantarillas rebozadas, sino también por la estela de corrupción que todo se lo roba y cuyas vías son una colcha de retazos de cemento mal hecha y de mala calidad, que los contratistas foráneos negociados fuera de la isla para asegurarse la repartíja, hacen a la machota, con peor técnica que la que otros utilizaron en el pasado, solo para aumentar las utilidades contractuales.
Una ciudad a la que algunos foráneos que llegaron con mentalidad de minero, la explotaron de tal forma que le abrieron socavones para extraer su riqueza y se fueron dejando los huecos abiertos, pero muchos de casa aprendieron mal la lección y continuaron la mala costumbre.
Un territorio al que el Estado solo utiliza para la excusa de la soberanía frente a las pretensiones de su eterno enemigo y en el que gasta dinero sin planificación ni utilidad y menos sin tomar en cuenta las verdaderas necesidades de su población para imponer su visión centralista desde todos los tiempos hasta ahora.
Esa es esta isla con su bonito mar de siete colores, arruinada por el humano, el que la habita y el que la visita. Cambiar esta realidad es un asunto de todos; desde el nivel central hasta el ciudadano de a pie, pero pasando por el liderazgo de su dirigencia gremial y política, especialmente los que están de turno.
Es la hora de la imposición de la autoridad en todos los frentes qué neutralice la anarquía que impera en todos lados: en el semáforo en rojo, en el bosque deforestado, en la playa llena de botellas, en las calles, parques y litorales convertidos en basureros, y en las oficinas públicas llenas de burocracia y corrupción.
Es hora señor gobernador, que la amabilidad, jovialidad y carisma que lo caracteriza, con su alegre sonrisa de close up, también muestre los dientes de la autoridad para exigir que cada quien haga lo suyo: Planeación frenando la tugurizacion, Coralina cuidando la naturaleza, Occre controlando la migración ilegal, Servicios Públicos y Policía imponiendo comparendos ambientales, Infraestructura velando por obras de buena calidad y no los adefesios qué hoy se siguen construyendo, y el ciudadano cumpliendo con civismo la obligación del respeto a las normas sopena de la sanción ejempllarizante.
El novel gobernador no solo tiene la oportunidad de emprender un cambio de conducta ciudadana para el mejoramiento social, económico y comunitario, sino la obligación, con la sociedad y hasta con su propia familia que importantes inversiones ha hecho en la isla en el sector turístico y que no puede darse el lujo de pasar sin pena ni gloria por la Gobernación, sin garantizar un buen futuro turístico para la isla, por que la desvalorización del producto turístico como destino también devaluará su inversión familiar.
















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