Por: Carl D. Olsen

En San Andrés, donde el mar ha sido durante siglos más camino que frontera, hay historias que no están en los archivos ni en los libros oficiales. Viven en la memoria de la gente, en los apellidos, en los relatos que pasan de boca en boca. Y, en algunos casos excepcionales, viven también en las manos.
Las manos de Orlando Taylor, conocido como Sonsón, hacen algo más que tallar madera: reconstruyen un mundo que el tiempo y la modernidad han ido borrando. Sus goletas a escala no son simples objetos decorativos; son fragmentos de historia rescatados del olvido.
Hubo un tiempo en que el archipiélago no dependía de aviones ni de grandes barcos de carga. Hubo un tiempo en que nombres como la Goldfield o la Persistence eran parte del paisaje cotidiano. Goletas que no solo transportaban mercancías —coco, pescado salado, madera— sino también noticias, familias, esperanzas.
Eran, en esencia, el sistema circulatorio de las islas.

Hoy, esas embarcaciones ya no surcan las aguas como antes. El progreso —inevitable y necesario— las fue relegando a la memoria. Pero la memoria, cuando no se cuida, se pierde. Y ahí es donde el trabajo de Sonsón adquiere un valor que va mucho más allá de lo artesanal.
Su taller no está en un museo ni en una vitrina institucional. Está en su propia casa, una vivienda de arquitectura isleña, ubicada en el sector de Rock, cerca a la esquina de Hell Gate. Desde allí, lejos de cualquier formalidad, levanta mástiles invisibles y reconstruye rutas que el tiempo quiso borrar.
Cada cuerda que amarra, cada vela que levanta en miniatura, es un acto de resistencia cultural que preserva un legado ancestral.
Y, sin embargo, hay algo más que también merece ser dicho. Algunas de esas goletas encuentran nuevos destinos. Personas que reconocen el valor de ese trabajo artesanal las compran y las llevan a sus casas, donde reposan en salas y espacios familiares como piezas decorativas. Pero no son simples adornos: son historias ancladas en madera, pequeñas embarcaciones que siguen navegando, ahora en la intimidad de los hogares.
No es casual que muchas de aquellas goletas llevaran nombres cargados de significado: persistencia, esperanza, prosperidad. Tampoco es casual que hoy sea precisamente la persistencia —la de un artesano— la que mantiene viva esa tradición. En sus modelos, las goletas vuelven a navegar, no en el mar abierto, sino en el territorio más frágil de todos: la memoria colectiva.
Incluso cuando construye barcos de otra época —como galeones o naves asociadas al imaginario pirata del Caribe— Sonsón no se aleja de la esencia de su oficio. Al contrario, amplía el relato. Porque el Caribe también es eso: mezcla de historia, mito y mar.
En un archipiélago donde muchas veces se habla de desarrollo en términos de infraestructura, turismo o inversión, vale la pena hacerse una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué pasa con la memoria?
¿Qué pasa con aquello que no genera grandes cifras, pero sostiene la identidad?
El trabajo de Sonsón no aparece en estadísticas ni en planes de desarrollo. No mueve grandes economías. Pero sostiene algo igual de importante: el vínculo entre pasado y presente. Sin ese vínculo, cualquier proyecto de futuro queda incompleto.
Quizás por eso sus goletas importan tanto.

Porque nos recuerdan que antes de los motores hubo viento. Antes de las rutas aéreas hubo mar. Y antes de que el mundo se hiciera pequeño, las islas ya estaban conectadas, no por cables ni por satélites, sino por embarcaciones de madera y hombres que sabían leer el horizonte.
Sonsón no está construyendo maquetas.
Está evitando un naufragio.
El naufragio del recuerdo.

















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