En las arenas de Spratt Bight, entre el mar de siete colores y el bullicio de los turistas, hay un personaje que ya forma parte del paisaje de San Andrés: un fornido hombre afro vestido elegantemente de blanco, de pies a cabeza, que recorre la playa con una bandeja de cocadas y enyucados perfectamente equilibrada sobre su sombrero.
Por César A. Pizarro B. | The Archipiélago Press
Hay cosas que solo pueden ocurrir en el Caribe. Una de ellas es ver a este hombre caminar por una de las playas más concurridas de San Andrés con una bandeja llena de cocadas y enyucados sobre la cabeza, mientras sus dos manos permanecen libres y el mar, detrás de él, parece hacerle compañía.
Se llama Javier. Es un hombre de raza negra, de andar pausado y presencia inconfundible. Todos los días viste de blanco, de pies a cabeza, como si hubiera decidido desafiar el resplandor del sol caribeño vistiéndose con su propio reflejo.
Sobre su cabeza lleva un sombrero. Y sobre el sombrero, una bandeja. En la bandeja lleva el sabor de una tierra: cocadas y enyucados; dulces artesanales que tienen algo de receta familiar, algo de tradición y mucho de Caribe.
Javier aparece en Spratt Bight cuando la playa comienza a despertar. Mientras los primeros bañistas buscan un lugar frente al mar y los turistas preparan sus teléfonos para fotografiar el paisaje, él ya está trabajando.
Camina. Y camina. La bandeja permanece inmóvil.
No hay manos que la sostengan. No hay alambres, soportes ni trucos visibles.
Solo están Javier, su sombrero y ese equilibrio extraordinario que parece haber convertido en una segunda naturaleza.
El equilibrio de un oficio
A primera vista parece un acto de malabarismo.
Pero Javier no está haciendo un espectáculo. Está trabajando.
Y quizá allí está lo extraordinario. Porque lo que para un visitante parece una proeza, para él es simplemente la manera cotidiana de ganarse la vida.
Avanza por la arena sorteando bañistas, niños, aves marinas, perros, sombrillas y vendedores. Se detiene cuando alguien quiere comprarle. Se inclina ligeramente, conversa, entrega el dulce y es el único instante en el cual, descarga la bandeja para que el comprador seleccione el sabor o tipo de postre.
Como si estuviera pegada al cielo.
El contraste resulta inevitable: debajo de ella, el movimiento permanente de una playa turística; encima, una bandeja que parece desafiar toda posibilidad de caer.
Pero Javier conoce perfectamente el secreto, no es magia, es práctica, es costumbre. Es años de aprender a caminar con el cuerpo erguido y la cabeza firme. Es haber entendido que algunas cosas importantes de la vida deben mantenerse en equilibrio.
Una bandeja llena de memoria
Las cocadas y los enyucados que Javier ofrece no son simples golosinas. Son parte de la memoria gastronómica del Caribe colombiano.
El coco y la yuca, transformados por manos artesanales, terminan convertidos en pequeños bocados de una tradición que se resiste a desaparecer entre las comidas industriales y los productos empacados.
Por eso, cuando un turista compra una cocada en Spratt Bight, se lleva algo más que un dulce, se lleva un sabor, y los sabores tienen memoria.
Pueden devolvernos a una cocina, a una abuela, a una infancia, a un patio, a una celebración. Quizá Javier no lo piense de esa manera mientras trabaja. Quizá para él sea simplemente el producto que debe vender ese día. Pero hay oficios que, sin proponérselo, terminan preservando una cultura.
Y el suyo es uno de ellos.
El hombre de blanco
Hay otra cosa que hace inconfundible a Javier.
Su vestimenta, siempre de blanco: camisa blanca, pantalón blanco, medias, zapatos blancos. Y su sombrero límpido, todo con ese blanco que bajo el sol de San Andrés parece todavía más blanco.
Frente a su piel negra, el contraste es poderoso.
Frente al azul del mar, parece una figura salida de una fotografía antigua. Y frente al bullicio de la playa, su andar pausado tiene algo de ceremonia.
No necesita anunciarse demasiado. Los que lo conocen saben quién es. Los que no lo conocen lo miran. Y los que lo ven por primera vez difícilmente lo olvidan. Porque hay personajes que terminan convirtiéndose en parte de la geografía emocional de los lugares, Javier es uno de ellos.
Del asfalto al mar
Pero la historia no comienza cuando llega a la playa. Comienza cuando, Javier recoge su mercancía luego que su señora le entrega las preparaciones, y se enfrenta a otro escenario mucho menos amable: las calles de San Andrés.
Entonces aparece nuevamente el equilibrio. Esta vez lleva la bandeja sobre la cabeza no mientras camina, sino mientras maneja su motocicleta y se interna en el tráfico insular.
Motocicletas que aparecen por todas partes, taxis, buses, automóviles, peatones y conductores con su azarosa e indisciplinada prisa forman parte de ese particular caos cotidiano de la isla.
Javier avanza entre ellos. Otra vez con equilibrio.
Otra vez con serenidad. Otra vez confiando en una habilidad que no admite errores. Porque una cosa es caminar por la arena con una bandeja sobre la cabeza. Otra muy distinta es atravesar las calles de San Andrés con esa misma bandeja sobre la cabeza en dos ruedas.
Pero Javier parece conocer ambas artes. La de mantener estable una bandeja. Y la de mantenerse estable él mismo.
Las islas no están hechas solamente de playas, ni de hoteles, restaurantes, fotografías de aguas turquesas.
Están hechas también de personas que madrugan, venden, cocinan, conducen, pescan y trabajan bajo el sol mientras otros llegan para disfrutar de sus vacaciones. Son ellos quienes le ponen rostro a los territorios, y Javier tiene uno de esos rostros.
Un rostro que aparece diariamente en Spratt Bight, entre el ruido de las olas y las voces de los turistas. Su presencia recuerda que detrás del paisaje paradisíaco existe una comunidad que trabaja todos los días para sostener su vida.
Y que muchas veces las historias más interesantes de una isla no están en los grandes acontecimientos, sino en esos personajes que vemos pasar todos los días y que terminamos creyendo que siempre estuvieron allí.
Mientras miles de personas contemplan el mar de siete colores, Javier seguirá haciendo su propia travesía por la arena, con su equilibrio que parece decir, sin necesidad de palabras, que en esta isla también se puede llevar el Caribe sobre la cabeza.
Video de Juanito Reid
















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