
La guerra de Corea comenzó el 1 de noviembre de 1950 con la participación de varias naciones; sin embargo, Colombia fue el único país latinoamericano en responder al llamado del Concejo de Seguridad de las Naciones Unidas tras la adopción de la Resolución 83, que convocaba a rechazar el ataque armado de los norcoreanos y restablecer la paz internacional y seguridad de la zona.
La Fragata de la Armada de Colombia ARC “Almirante Padilla” se incorporó a la séptima flota de los Estados Unidos, que reunió naves de 16 países y en ese año comenzaron la liberación de Corea en nombre de la libertad y la democracia.
El 21 de mayo de 1951, el Batallón Colombia N. º1, inició operaciones con 1.060 hombres, en los meses posteriores llegaron más de 4.000 hombres entre Soldados y Marinos para reforzar los países aliados. Estos Valientes cruzaron el Océano Pacífico, travesía que duró más de 80 días a través de Hawái; lo anterior implicaba participar en el conflicto bélico a más de 15.000 kilómetros de Colombia. El 27 de julio de 1953 se firmó el armisticio que puso fin al conflicto, las bajas colombianas sumaban 196 entre muertos y desaparecidos y más de 400 heridos.
Entre los hombres que participaron en esta épica guerra existe uno en especial que vivió en San Andrés isla, su nombre era Pablo Emilio Montoya López, un hombre que alcanzó 92 años y disfruto su vejez en el barrio Obrero, nació en Ciénaga, Magdalena, el 10 de junio de 1929. “Montoyita” como le decían sus amigos, vivía con su esposa y tuvo cinco hijos.
Su historia, como la contó
Montoya, fue reclutado en su natal Ciénega para conformar el primer contingente de 1951, fue trasladado al Batallón Girardot ubicado en Medellín, allí inició su servicio militar, el cual fue el punto de partida de su gran aventura. Tiempo después lo enviaron a Dabeiba, Antioquia. Una tarde recibió la orden de regresar al Batallón. Allí un comandante se para frente al pelotón de manera imponente y después de un corto silencio, pidió levantar la mano a quienes quisieran ir a Corea y hacer parte del glorioso Batallón Colombia que haría parte de esa recordada misión, más allá de las fronteras nacionales; Montoya en medio de risas, contaba que él levantó la mano pensando que Corea era a la vuelta de la esquina.
Junto a Montoya, otro grupo de 25 valientes fueron elegidos. Posteriormente, fueron trasladados a la Escuela de Artillería en el sur de Bogotá; allí debían permanecer dos meses entrenando tácticas y técnicas de guerra regular. «Mis instructores me enseñaron a arrastrarme, a armar carpas y mejoré mi puntería; sin embargo, nunca armé carpas en el país asiático, porque siempre abríamos huecos por el peligro de las balas», afirmaba en medio de sus recuerdos.
Luego de su entrenamiento fue trasladado a Buenaventura, donde fue embarcado en un buque norteamericano para emprender su aventura a tierras totalmente desconocidas. «Viajé con 20 mil soldados, el barco era una ciudad, tenía piscina, bares, todo el entretenimiento que uno quisiera, pero todo olía a repollo y a mí no me gustaba (risas); esta travesía duró un mes y seis días y pasamos por Hawái, nos dejaron bajar, conocimos Honolulu, y uno de mis compañeros no se embarcó de nuevo, se desertó.»
Los valientes colombianos solo permanecieron cuatro horas allí, posteriormente continuaron su ruta hasta Busan, Corea, donde arribó el buque; Busan antiguamente era conocido como Pusan mencionada ciudad fue la capital provisional de Corea durante la guerra y hoy en día es el puerto más importante de Corea del Sur.
«Al llegar a este sitio nos recibieron las «coreanitas» con bombos y platillos y gritaban Colombia good (risas), nos llevaron en vehículos de una vez para el campo de entrenamiento». Su primera misión fue en el cerro El Chamizo, recuerda melancólicamente. «Montoyita» cuenta que tenían 15 horas para recuperar el cerro y lo recuperaron en cinco. Allí duró dos meses, entre los disparos y las contraofensivas que lanzaban los norcoreanos, que según él “venían como hormigas locas”.
Durante ese tiempo combatió y perdió a su mejor amigo a causa de una granada durante un ataque. También fue herido por una esquirla que atravesó su casco de fibra, hecho que recuerda porque aún siente en los huesos el frío que sintió aquel 31 de diciembre de 1951.
«Dieciséis meses después me embarqué en el viaje de regreso a Colombia, pasando por Estados Unidos para luego llegar a Bogotá. Una vez en Bogotá nos dieron de baja, nos entregaron un vestido bonito para regresar a la casa. Una tía ya me estaba esperando en Ciénaga; llegué a las 4 a.m., toqué la puerta, ¿Quién es?, preguntaron y yo dije; si usted supiera quien… Y esa gente salió a recibirme con música y fiesta».
Después de tan recordada aventura, Montoya comenzó a trabajar en una empresa de bananos en Santa Marta, era el vigilante en la planta principal. Al estar allí durante unos años, recibió una carta donde lo solicitaban hacer parte de tropas que serían enviadas a Egipto, como apoyo a la guerra en el canal del Suez, sin pensarlo dos veces, se embarcó en otra aventura que duró ocho meses. Tiempo después se radicó en San Andrés, donde vivió desde su adultez.
Las Fuerzas Militares, a través del Comando Específico de San Andrés y Providencia, lamentan profundamente el fallecimiento del Soldado veterano de la Guerra de Corea, Pablo Emilio Montoya López; quién fue una leyenda viviente en San Andrés islas. Ejemplo y motivo de orgullo para nuestros miembros, siendo fiel representante del honor y gallardía propios de los Soldados, Marinos e Infantes de Marina que protegen a diario la soberanía colombiana y el territorio Insular.


















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