Por: Carlos Arturo Fontalvo Suárez.
La violencia contra la mujer es una de esas horrorosas prácticas de dominación inmemorial que existe como herencia del antiguo mundo. En el pasado, “violentar a las mujeres” no necesitaba justificación porque se creía que era “natural”. En el pasado, el mismo Aristóteles dijo que la mujer debía “estar sometida al hombre” y Rousseau, padre de la filosofía moderna, afirmó que la “mujer era anomalía pura”. La violencia siempre ha sido esa relación desigual de poder que ha sometido a la mujer y que ha encontrado en este mundo moderno, una oportunidad para pervivir.
San Andrés, Providencia y Santa Catalina han sido un territorio que no ha escapado de los horrores de la violencia. Al igual que la Colombia continental, somos herederos de una tradición social que ha normalizado las prácticas violentas en cualquier dimensión: económica, física, empresarial, laboral, sexual, etc. Esto ha sucedido porque hemos aprendido a convivir con la violencia como patrón social, experiencia aceptada y se ha convertido en una habitualidad capaz de hacernos entender que lo “normal” es tolerarla. ¿Por qué lo afirmo así?
San Andrés, por ejemplo, es desde 2014 uno de los departamentos con mayor número de casos de “Violencia Intrafamiliar” (VIF) según corporvisionarios. En los últimos cinco años, el reporte ha estado siempre por encima de los 380 casos por cada 100.000 habitantes. Dentro de los casos reportados las mujeres constituyen el 79% de las víctimas; el 68% de los casos corresponden a violencia de pareja y en los casos de violencia de pareja, el 89% de los casos la víctima es una mujer. A 2020 la cuestión sigue igual. Un total de 39 casos de violencia intrafamiliar se han atendido en las islas en lo corrido de 2020 según el Sistema Integrado de Emergencias -SIES 123.
Siendo honesto, soy poco partidario de las expresiones “violencia intrafamiliar” o “violencia de género”. Como abogado entiendo que son las que están consagradas en la ley y en tal sentido deben usarse. Pero mi inconformidad con estas categorías de análisis es porque en muchas ocasiones “señalan mal” y señalan poco cuando señalan, porque no señalan de que “género” es la violencia de género, quedando muchas veces la “mujer” invisibilizada de su verdadera realidad. Sino aclaramos en que consiste “violencia de género” o “violencia intrafamiliar” saldrá, por ejemplo, una persona que dirá: “hay una abuela que ha matado al abuelo” y llamará a eso, violencia de género…
La expresión “violencia de género” al no revelar casi nunca de que “género” es la “violencia de género” y tampoco al aclarar que cuando hablamos de “violencia de género” nos estamos refiriendo a la violencia de los varones sobre las mujeres, muchas veces plantea dificultades para formular una política de intervención directa en el asunto. Entonces, si por violencia de género, como afirma el Ministerio de Salud, nos estamos refiriendo a la violencia que padecen las mujeres, pues llamémoslo así. Porque siempre hay que recordar que “género” es una categoría de análisis que nos permite detectar donde existen diferencias relacionadas con el varón y la mujer, pero no es una categoría política. La categoría política es en este caso, “la violencia”. Por lo tanto, la violencia, como categoría política a intervenir necesita hacerse visible llamándole como es: “Violencia contra la mujer”, directamente.
Hacer estas diferencias permitirá diseñar claramente un plan de intervención política para contribuir a erradicar la violencia contra las mujeres de la isla, que muchas veces se solapa entre otras formas de violencias. Necesitamos entender que los estudios de violencia de género nos dan los insumos para entender que existen relaciones entre varones y mujeres y que tal realidad hace que las mujeres isleñas estén en una relación marginal. Pero no podemos quedarnos ahí. A esa desigualdad hay que aplicar una política para corregir “la balanza”, que oprime y castiga a las mujeres isleñas. Esto último no se corrige con estadísticas, sino con estudios de violencias contra las mujeres que, por ejemplo, informen cual es la situación de ellas y en detalle, señalen el núcleo problemático a intervenir y también el perfil de los que causan violencias, que tampoco son “individuos” del todo corriente.
Los problemas de pareja, crisis personales y otros dilemas morales son asimismo detonantes de las violencias entre varones y mujeres. Estos contextos deben acompañarse con políticas del afecto y del respeto recíproco, porque problemas siempre van a existir, pero saberlos manejar es lo que hace la diferencia. De ahí la importancia de la educación igualitaria. Pero, realidades como la pobreza, la desigualdad estructural, la feminización de la pobreza y, además, la imposibilidad de que varones y mujeres puedan encontrar una oportunidad de desarrollo personal, también generan crisis entre las personas lo que es un detonante para la violencia. Se puede afirmar así porque cuando en una sociedad aumentan los espacios de igualdad y el nivel de vida, disminuye drásticamente el número de mujeres y varones en violencia constante. En 2019 el gobierno nacional inauguró la Oficina de la Mujer en el Archipiélago, es un importante hecho. Pero con la oficina hay que impulsar todo lo anteriormente sugerido, iniciando por entornos de igualdad, acceso a la educación y políticas de inclusión donde la paridad social entre varones y mujeres sea una realidad, no un discurso.
No soy de los que cree en los “universales”, esos que afirman que “todos los varones somos enemigos de las mujeres”. Yo soy defensor de la causa de la mujer y promotor de la erradicación de sus violencias, porque ninguna forma violenta contra ellas, tiene defensa democrática. En tal sentido, tampoco podemos caer en los excesos de ver al varón como un referente adversarial, aunque haya enemigos de la inclusión de la mujer, porque los hay. El punto, es que todos debemos construir una sociedad igualitaria, porque somos iguales y no hay justificación para excluir a la mujer de la realidad social y política. Nunca podemos olvidar que las mujeres no piden lo “identitariamente masculino”, sino lo “genéricamente humano”, pues las mujeres son la mitad de la humanidad: son ciudadanas absolutas. Esto implicar acabar cualquier forma de violencia. Si interiorizamos esa realidad podremos desde nuestros roles denunciar no solo la violencia contra la mujer, sino contribuir cada vez más a su igualdad en nuestra isla.















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