**Por César A. Pizarro B.**
La independencia de la prensa suele medirse, sobre todo, cuando informa sobre los candidatos con los que simpatiza. No cuando investiga a sus adversarios. En la campaña presidencial de 2026, una parte importante del debate público terminó girando alrededor de una pregunta incómoda: ¿actuó un sector de los grandes medios como contrapoder del poder político o como un actor más de la contienda electoral?
Los hechos ocurridos durante la campaña alimentan ese interrogante.
El caso más llamativo fue el de los audios atribuidos al entonces Consejero de Paz, en los que se le escucha, según las grabaciones difundidas posteriormente, planteando al Clan del Golfo la conveniencia de «jugar a los congelados», una expresión interpretada como una invitación a mantener una tregua o suspensión temporal de acciones.
La controversia no radica únicamente en el contenido de los audios, sino en su oportunidad. Noticias Caracol los divulgó únicamente después de la segunda vuelta presidencial, pese a que todo indica que el material habría hecho parte de la información obtenida del computador incautado a alias Calarcá, el mismo equipo que previamente había servido de base para otras investigaciones difundidas por ese noticiero. Si esa cronología es correcta, surge una pregunta inevitable: ¿desde cuándo conocía el medio la existencia de esas grabaciones y por qué decidió publicarlas solamente cuando la elección ya estaba definida?
Hasta ahora no existe una explicación pública que despeje completamente esa inquietud.
A ello se suma otra revelación conocida después de los comicios. El periodista Iván Gallo afirmó que el 2 de junio Iván Cepeda llamó molesto al medio donde él trabajaba para exigir su salida, inconforme con las críticas que el columnista había formulado tras los resultados de la primera vuelta. Según el propio Gallo, la presión terminó con su desvinculación.
El episodio narrado por el periodista Iván Gallo introduce un elemento adicional en el debate sobre el comportamiento de algunos medios durante la campaña presidencial.
Según el propio Gallo, el 2 de junio, apenas conocida la derrota de Iván Cepeda en la primera vuelta, el entonces candidato llamó directamente al medio donde él trabajaba para expresar su inconformidad con una columna crítica y pedir su salida. Gallo sostiene que esa presión terminó provocando su desvinculación.
Más revelador aún es que el periodista decidió guardar silencio durante cerca de tres semanas. Solo después de concluida la segunda vuelta hizo pública la historia.
Esa decisión plantea una pregunta periodística inevitable: ¿por qué esperar hasta que los ciudadanos ya hubieran votado para revelar un hecho que podía aportar elementos sobre el carácter, el estilo de liderazgo y la relación de un candidato presidencial con la crítica?
No se trata de un episodio menor. La denuncia no provenía de un adversario político sino de un periodista identificado durante años con posiciones cercanas al progresismo y con afinidad hacia el propio Iván Cepeda. Precisamente por ello, su testimonio adquiere un peso distinto dentro del debate público.
El episodio resulta llamativo no solo porque Gallo ha sido identificado durante años con posiciones cercanas al progresismo, sino porque pondría sobre la mesa la tolerancia del entonces candidato frente a la crítica proveniente incluso de sectores ideológicamente afines. Un dirigente que se presenta como defensor de las libertades democráticas también debe demostrar capacidad para convivir con el disenso.
Mientras tanto, la cobertura editorial mostró un evidente desequilibrio.
En El Espectador, buena parte de sus columnistas expresó abiertamente su respaldo a la candidatura de Iván Cepeda mientras cuestionaba con dureza a Abelardo de la Espriella. El apoyo editorial no constituye, por sí mismo, una irregularidad. Los periódicos tienen derecho a asumir posiciones políticas. El problema aparece cuando esa preferencia termina condicionando la agenda informativa.
Algo similar ocurrió, según diversos observadores, con Cambio y el espacio Los Danieles. Durante la última semana antes de la segunda vuelta concentraron una intensa producción periodística alrededor de asuntos que comprometían a Abelardo de la Espriella: su nacionalidad estadounidense; los efectos jurídicos del juramento de ciudadanía ante Estados Unidos; denuncias relacionadas con honorarios recibidos de una EPS; pagos por la defensa de Álex Saab; pronunciamientos de exmagistrados; cartas de congresistas demócratas estadounidenses solicitando investigaciones, entre otros asuntos.
Cada nuevo elemento se convertía en una noticia principal o en una investigación de amplio despliegue.
Mientras tanto, la imagen de Iván Cepeda aparecía construida principalmente alrededor de su papel como defensor de la paz y de los derechos humanos, con mucho menor énfasis en controversias que también podían resultar relevantes para el electorado.
Naturalmente, cada uno de esos temas sobre Abelardo de la Espriella podía ser legítimamente objeto de investigación periodística. Lo que merece análisis no es la publicación de esas informaciones, sino la diferencia de intensidad entre el escrutinio aplicado a un candidato y el dispensado al otro.
La pregunta de fondo no es si los medios debían investigar a Abelardo de la Espriella. Debían hacerlo. La pregunta es por qué investigaciones potencialmente relevantes para evaluar a Iván Cepeda parecieron recibir un tratamiento distinto, menor o tardío.
En una democracia, la confianza en el periodismo depende tanto de lo que publica como de aquello que decide no publicar o publicar cuando ya no puede influir en la deliberación ciudadana.
Los medios tienen todo el derecho a tener una línea editorial. Lo que no deberían hacer es confundir esa línea con la selección de los hechos que llegan —o dejan de llegar— al conocimiento de los ciudadanos en el momento en que más los necesitan.
Por eso, más allá del resultado electoral, la discusión que deja esta campaña no es únicamente sobre un candidato. Es sobre el papel del periodismo como árbitro del debate democrático. Cuando una parte significativa de la opinión percibe que algunos medios investigan con rigor a unos y administran con cautela la información sobre otros, la principal víctima no es un político, sino la credibilidad misma de la prensa.















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