Ver a la mamertaría colombiana indignada ya es, por sí mismo, una noticia.
Y cuando la indignación alcanza niveles de escándalo nacional porque el Presidente muestra los resultados de un operativo militar, uno empieza a sospechar que el problema no son las fotografías.
El problema es que el Estado está volviendo a mostrar los dientes.
De repente, los grandes expertos en seguridad, derechos humanos y protocolo presidencial descubrieron que existen las formas.
¡Qué horror!
Que si el Presidente apareció junto a los cuerpos de los abatidos.
Que si mostró los cadáveres.
Que si se acercó demasiado.
Que si la fotografía era innecesaria.
Que si la puesta en escena.
Que si los balones que llevó a unos niños.
Que si subió en helicóptero.
Que si la sede presidencial de Barranquilla parece una réplica de la Casa Blanca.
Todo vale. Cualquier detalle sirve para alimentar la indignación.Todo, menos hablar del fondo.
Porque esa es la jugada perfecta: cuando no hay un escándalo suficientemente grande que endilgarle al Gobierno, se busca uno pequeño, se infla, se editorializa y se convierte en tragedia nacional.
La política del detalle. La moral del encuadre.
La indignación de la fotografía. Y mientras tanto, convenientemente fuera de foco, queda la pregunta verdaderamente incómoda:
¿Quiénes eran los hombres que terminaron muertos en esos operativos y qué estaban haciendo armados en medio de la selva?
Porque hay algo que algunos comentaristas parecen haber olvidado.
Los colombianos que trabajan honradamente no suelen encontrarse en la selva integrando estructuras armadas dedicadas al narcotráfico, secuestro, extorsión, reclutamiento de menores o violencia sexual.
No estaban sembrando café.
No estaban atendiendo una tienda.
No estaban conduciendo un taxi.
No estaban regresando de una jornada de trabajo.
Estaban, según la información oficial sobre esos operativos, vinculados a organizaciones armadas.
Y cuando una estructura criminal se enfrenta al Estado, existe una posibilidad evidente de que ese enfrentamiento termine en muerte.
Eso no convierte la muerte en espectáculo. Pero tampoco convierte al criminal armado en víctima automática de la historia.
Aquí conviene hacer una precisión que algunos prefieren ignorar: exigir que las Fuerzas Militares respeten la ley es perfectamente legítimo. Es indispensable. Si existen denuncias sobre abusos, ejecuciones extrajudiciales o irregularidades, deben investigarse y sancionarse.
Pero otra cosa muy diferente es pretender que la discusión sobre la legalidad de un operativo comience y termine en una fotografía.
Una fotografía no explica una guerra.
Una fotografía no cuenta quién disparó primero.
Una fotografía no determina si existía una amenaza.
Una fotografía tampoco borra a las víctimas que esas organizaciones dejaron detrás.
Pero eso parece ser demasiado incómodo para determinados opinadores. Es más fácil indignarse por una imagen que hablar de los campesinos que viven bajo amenaza. Es más fácil cuestionar la ubicación de un cadáver que hablar del menor reclutado. Es más fácil discutir si el Presidente debió posar allí que recordar a la familia del secuestrado. Es más fácil escandalizarse por la estética del operativo que preguntarse cuántas comunidades estaban sometidas por las armas.
Eso se llama indignación selectiva. Y Colombia ya conoce demasiado bien esa película.
Durante décadas, el país soportó guerrillas, paramilitares, narcotraficantes, bandas criminales y toda suerte de estructuras que terminaron convirtiendo territorios enteros en repúblicas del miedo.
Y ahora algunos pretenden que el debate nacional sea si al Presidente le quedaba bien o mal aparecer frente a los resultados de un operativo.
¡Por favor! No estamos hablando de una sesión de fotos para una revista. Estamos hablando de una confrontación entre el Estado y organizaciones armadas.
Y sí: las imágenes son fuertes. La guerra es fuerte.
La muerte es fuerte. Pero quizá lo verdaderamente insoportable para algunos no sea la imagen de los cadáveres. Quizá lo insoportable sea ver al Estado recuperando el monopolio de la fuerza.
Porque durante demasiado tiempo hubo sectores que parecían más preocupados por explicar las razones del victimario que por defender a sus víctimas.
Ahora, cuando llegan resultados militares, descubren súbitamente una sensibilidad humanitaria extraordinaria. Qué conveniente.
La dignidad humana importa. Siempre.
Pero también importa la dignidad de quienes fueron obligados a vivir bajo el terror de las armas.
Importa el niño reclutado.
Importa la mujer violentada.
Importa el comerciante extorsionado.
Importa el campesino desplazado.
Importa el secuestrado.
Importa la familia que tuvo que abandonar su tierra.
Y también importa que el Estado tenga la capacidad de llegar hasta donde durante años llegaron primero los fusiles de los ilegales.
Por eso resulta tan revelador observar a determinados sectores políticos y mediáticos buscando desesperadamente dónde clavar el cuchillo.
Que los balones.
Que el helicóptero.
Que la Casa Blanca caribeña.
Que las fotografías.
Que los cadáveres.
Que el protocolo.
Las ramas. Siempre las ramas.
Porque mirar el árbol completo obligaría a hacerse una pregunta mucho más difícil:
¿Qué pasa cuando un Estado decide dejar de pedir permiso para ejercer su autoridad? Ahí está el verdadero debate.
No en el balón.
No en el helicóptero.
No en la fachada.
Y tampoco en una fotografía.
El debate está en si Colombia quiere un Estado que se esconda detrás de comunicados mientras los grupos armados mandan en los territorios, o un Estado que llegue, enfrente a quienes desafían su autoridad y recupere el control.
Eso sí merece discusión.
Eso sí merece crítica.
Eso sí merece vigilancia.
Pero criticar al Estado no debería significar invertir la historia hasta hacer parecer que el principal problema de una operación militar son las imágenes de los hombres que murieron en ella y no las razones que llevaron a esos hombres a estar allí.
Porque si estaban allí para delinquir, someter, narcotraficar, secuestrar o reclutar, la primera pregunta no debería ser por qué el Estado llegó.
La primera pregunta debería ser:
¿Por qué diablos estaban allí en primer lugar?
Y quizá por eso hay tanta indignación.
Porque mientras unos miran la fotografía, otros estamos mirando lo que había detrás de ella.
Y detrás de ella hay algo que a ciertos sectores les resulta mucho más difícil de digerir que cualquier cadáver: un Estado que vuelve a disparar contra quienes disparan contra Colombia.
















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