Por Leonel Uriel Alzate Herrera
Yo aquí, reflexionando… Durante años, el expresidente Álvaro Uribe Vélez fue blanco de una persecución judicial descarada. Fue más una vendetta política que verdadera Justicia. Lo que vivió el expresidente no tiene comparación en la historia del país.
Su caso fue el ejemplo más claro de cómo un sector de la justicia puede torcerse por ideología, revancha o simple odio. Pero hoy, el Tribunal Superior de Bogotá le puso punto final a ese circo y tumbó, uno a uno, los pilares de un proceso armado con conjeturas, testimonios flojos y verdades torcidas.
El fallo no sólo absuelve al expresidente, sino que desnuda una cadena de errores y sesgos que marcan la actuación de la jueza Sandra Heredia, la misma que en primera instancia se hizo la de la vista gorda con pruebas claves y le restó valor a testigos que hablaban a favor del exmandatario. Esa decisión fue la prueba de que el proceso contra Uribe se cocinó con clarísimo interés político, no con rigor judicial.
El centro de este proceso siempre fue Juan Guillermo Monsalve, un delincuente condenado por delitos graves que se la pasó cambiando su versión cada vez que le convenía. El Tribunal dejó claro que Monsalve sólo buscó beneficios judiciales, plata y trato preferencial a cambio de hablar mal de Uribe. Aun así, Cepeda, Montealegre y hasta pesados actores de la justicia lo convirtieron en “testigo estrella”, cuando lo que era, y sigue siendo, es un criminal que nunca debió ser tomado en serio.
Para completar, apareció su expareja, Deyanira Gómez, quien también se subió al bus del show, posando de víctima y repitiendo el libreto que servía a ciertos sectores. La periodista Salud Hernández lo ha dicho sin pelos en la lengua: esa mujer fue parte del engranaje, una ficha que jugó para los intereses de Iván Cepeda y Eduardo Montealegre, y que muchos en la justicia ven como una subversiva disfrazada de mártir.
Al final, la propia justicia la dejó en evidencia, mostrando su mala leche y su papel en una historia mal contada.
Hay que recordar que la misma Corte Suprema interceptó de forma ilegal las comunicaciones de Uribe. ¡Ilegalmente! Desde ahí quedó claro que había un afán de encontrarle algo, aunque les tocara pasar por encima de la ley. Fue una jugada sucia que manchó la justicia y que hoy se ve con la claridad que muchos gritaban hace años.
El Tribunal también deja claro que detrás de todo esto estaban Cepeda y Montealegre, dos tipos que han hecho carrera vendiendo la idea de que Uribe es un criminal, cuando lo que realmente había era una pelea política llevada a los estrados. Y eso es lo más peligroso para una democracia, porque ahí es cuando los jueces se convierten en armas de guerra ideológica.
Si hoy la izquierda está en el poder, es gracias a la narrativa de odio que crearon durante los últimos años. Pisotearon como se les dió la gana la imagen Álvaro Uribe Vélez, tergiversando la historia y engañando a las nuevas generaciones.
Los mismos maestros de FECODE ayudaron desde sus aulas en escuelas, colegios y universidades, a sembrar odio contra Uribe, y por eso hoy miles de jóvenes lo desprecian, sin saber lo que fue el país inviable que heredamos por culpa de las Farc y otros grupos narcoterroristas.
La absolución de hoy deja claro que no se puede seguir usando la toga para perseguir a quien piensa distinto. Uribe fue víctima de un sistema que muchas veces actúa para ciertos intereses, buscando titulares o poder, y como periodista también tengo claro que muchos de los mal llamados “medios de comunicación alternativos” se prestaron para vender esa narrativa perversa.
Hoy el expresidente sale con la frente en alto. Enfrentó al terrorismo cuando medio país se moría de miedo y devolvió la sensación de seguridad. Eso no lo borra ningún fallo ni campaña mediática. Por eso, para millones, este veredicto no es solo una victoria jurídica, sino un acto de Justicia, con mayúscula.
Y mientras Petro y varios de su combo salen a cuestionar la decisión del Tribunal, hay que recordarles que la justicia no tiene color político. No puede valer solo cuando les da la razón a ellos. La ley es la ley, así duela.
A Uribe lo seguirán persiguiendo, eso es claro; sus enemigos no le perdonarán nunca el haberlos enfrentado durante su mandato. Pero al menos por ahora se les cayó la vuelta, parceros.
Hoy quedó claro que aún queda justicia imparcial en este país. Una justicia que, aunque tarde, supo reconocer el daño hecho a un hombre que, les guste o no, marcó el rumbo de Colombia y cuyo nombre sigue más vigente que nunca.


















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