Nada mejor que un festival de cine para pensar en el bienestar del arte y en la gente joven. Y San Andrés ahora se da el lujo de tener dentro de sus escasas dinámicas culturales un festival que se abre espacios a la buena de Dios, entre los jóvenes de la isla. No siempre con la popularidad y el despliegue publicitario requerido o con el apoyo institucional necesario, el Festival llega a su novena versión y las “72 Horas” llega a su octava temporada, ambos eventos son un proceso de formación audiovisual llamado Encarrete Isleño.
El Encarrete siempre ha sido un festival de jóvenes y para jóvenes, pues el audiovisual y las nuevas tecnologías parecen reservados a estos prodigios que ya transformaron su medio de comunicación cotidiano. Con programación de proyecciones en calles e instituciones educativas, el festival ha ido cautivando un público selecto. Sobre todo ha puesto a los jóvenes a realizar sus propias piezas audiovisuales.
Esta es una fortaleza innegable en la construcción de futuro para la actividad audiovisual en el archipiélago. Más allá de los cortometrajes y películas con que se nutre festival está el discurso de los jóvenes realizadores quienes se empiezan a perfilar como futuros dirigentes de una sociedad en permanente transformación.
La claridad y empeño con que los timoneles de una sociedad promueven e incentivan la cultura es la garantía de supervivencia, preservación y respeto a las costumbres, tradición e identidad. Sin embargo es pensando en un ideal que se pueden decir estas palabras tan anheladas por todos. La cultura con la dignidad que le asiste no se ha sentado a manteles de la clase dirigente sanandresana. Toda la sociedad isleña ha venido dándose cuenta que la clase dirigente sanandresana ve la cultura como escenografía de quitar y poner, a los artistas como monos para la foto a los que hay que llamar a la hora de cualquier ceremonia protocolaria, y a los gestores culturales como simples extras de una película marciana.
Pero los jóvenes, y en especial estas nuevas generaciones que ya pasan la adolescencia, están creciendo a fuerza con espíritu crítico y criterio político. Se han formado en un archipiélago lleno de dificultades y con un horizonte nublado. Y eso nos hace pensar a todos, menos a los políticos por supuesto que solo ven el botín de la inmediatez, que el futuro de San Andrés es difícil desde donde se mire. Se sigue pensando que las nuevas generaciones no tienen que decir frente a esto. Que estas están tan embebidas en la tecnología y el reggaetón que no son capaces de mirar lo que pasa a su alrededor. Veámoslo de otra manera, los jóvenes desde sus nuevos lenguajes no solo lo están diciendo sino que están transformando su propio futuro.
La ruptura y la disfuncionalidad de la familia, la escuela y en general de las comunidades barriales son en sí una recomposición de la sociedad desde el disentir de los jóvenes. Claro que están descontentos e insatisfechos. No es que jueguen al margen de la ley, es que su cotidianidad busca los extremos; esta sociedad dejó de entender a los jóvenes como inquietos innovadores y desafiantes del orden. Ahora si el joven no está en el molde del “pilo” no le sirve al poder, los jóvenes siempre rompen los moldes y los vidrios. Claman por otra realidad llena de oportunidades sociales y al no tener nada que ofrecerles el establecimiento los rotuló de delincuentes. Ser joven es ser un delito y si es pobre un delito agravado. Por eso es tan importante crear y brindar espacios para que su sentir y su pensar se transformen en expresión, en cultura.
Una juventud resentida y maltratada no se puede enmendar, queda en la memoria y marca la personalidad. La juventud sanandresana vive su inquietante paradoja, se dio cuenta que es parte de un problema que no sabe cuándo y dónde empezó. Ellos tendrán que buscar alternativas viables y acordes a su sentir ya que la clase política está inmersa en una gran comilona.
Apropiarse de los medios de comunicación para expresar su sentir ya es un gran avance. Esta es la temática de los cortometrajes, esto es lo que nos están diciendo los jóvenes a quienes no tomamos tan en serio. Ya me decía una maravillosa profesora agotada de paciencia durante sus 30 años de apostolado: “ahora los jóvenes no hablan, gritan tanto que no dejan oír”.
Pues sí, ahora los jóvenes están gritando para que los escuchen… y para escucharlos hay que ver sus expresiones audiovisuales, estas van más allá de las vanidosas “selfies” o de la morbosa grabación de riñas callejeras, ahora su propuesta audiovisual tiene sentido, sentir y pensamiento. En hora buena para San Andrés que haya un festival de cine, un Encarrete Isleño para darnos cuenta en que anda la gente joven.
*Docente y realizador audiovisual
















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