
Era julio de 1992 y una densa niebla cubría los cerros de Medellín mientras el Estado colombiano intentaba recuperar el control de una promesa rota. Esa mañana, la justicia tocó las puertas de «La Catedral», pero el dueño ya no estaba.
Pablo Emilio Escobar Gaviria no huyó. Se despidió.
Lo hizo al estilo que lo había convertido en leyenda: con ventaja, con información privilegiada, y con la complicidad de quienes juraban vigilarlo.
En 1991, el gobierno colombiano del presidente César Gaviria firmó un acuerdo con Pablo Escobar para que se entregara a la justicia a cambio de no ser extraditado a Estados Unidos. Como parte del pacto, Escobar fue recluido en una cárcel construida especialmente para él,donde solo sus hombres de confianza podían estar allí como “guardias”.
“La Catedral”, la cárcel de máxima comodidad que él mismo había mandado construir en las montañas de Envigado, no era prisión. Era su fortaleza, su refugio, su club privado. Con sala de billar, jacuzzi, teléfonos satelitales, parrillas y hasta una cancha de fútbol, era también el escenario donde seguía ordenando asesinatos y controlando su imperio.
El 22 de julio de 1992, el gobierno del presidente César Gaviria decidió poner fin a la farsa. Las evidencias de que Escobar había asesinado dentro del penal a dos de sus lugartenientes —Fernando Galeano y Gerardo Moncada— colmaron la paciencia. El Ejército recibió la orden de trasladarlo a una prisión convencional. Pero el capo, que sabía más de inteligencia que los mismos servicios secretos, ya lo esperaba. Escobar, su hermano Roberto y 9 lugartenientes patearon un muro de yeso de 5 m que ellos mismos habían levantado… y se esfumaron entre la niebla antioqueña.
Cuando los comandos llegaron a la entrada principal, Escobar ya iba bajando por la parte trasera, escabulléndose entre la neblina espesa. Se perdió entre los árboles, y se desvaneció de nuevo entre las sombras del Valle de Aburrá, como un espectro imposible de atrapar.
La humillación fue total. La prensa nacional e internacional habló de un Estado en ridículo. ¿Cómo era posible que el narcotraficante más peligroso del mundo se fugara de su propia cárcel? ¿Quién lo ayudó? ¿Cuántos sabían?
Comenzó entonces la mayor cacería humana de la historia del país.
El Bloque de Búsqueda se reactivó, una unidad élite de policías y militares entrenados para una sola misión: capturar —o eliminar— al patrón del mal. Pero esta vez, no estaban solos. En la sombra, se formó una alianza informal y siniestra que reconfiguró el mapa del poder en Colombia: los Pepes (Perseguidos por Pablo Escobar), una red de enemigos que incluía antiguos socios, narcotraficantes del Cartel de Cali, militares, policías, paramilitares del Magdalena Medio y víctimas del cartel de Medellín.
Juntos, con apoyo de inteligencia estadounidense —la CIA y la DEA—, rastrearon cada llamada, compraron informantes, y sembraron el miedo en los círculos de Escobar. Las lealtades comenzaron a quebrarse. La guerra sin cuartel desató una ola de muertes, secuestros y atentados que marcó un tiempo más que oscuro para el país.
Pablo Escobar se mantuvo prófugo por 17 meses, hasta que fue localizado y abatido en un tejado de Medellín el 2 de diciembre de 1993.
Pero esa mañana del 22 de julio de 1992, lo único que quedó claro fue el mensaje: Pablo Escobar seguía siendo el amo del juego.
















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