Antonio Colmenares Martínez
Aunque podría ser ‘Vida, Pasión y Muerte’ porque ahora el presidente Juan Manuel Santos, al ‘patear’ la mesa en donde se jugaba el ajedrez del proceso en La Haya, llegó a San Andrés y en una acción de pose farandulera y antes de entrar al Coral Palace, sede del gobierno del archipiélago, pasó la avenida Newball, llegó hasta la plazoleta marina y de cara a la bahía dijo con un dedo señalando el horizonte: “Defenderemos estas islas hasta la muerte”. ¿Hasta la muerte de quién? La verdad eso no sonó nada razonable, es más una ‘bravuconada’ que cierra un fatídico capítulo de ineficiente y perdedora diplomacia.
Ese fue el ‘moño del paquete’: Perdedores en las negociaciones y desconocedores de la autoridad a que todos los gobiernos colombianos sometieron al país y especialmente a la etnia raizal que no ha podido hacer otra cosa que esperar un nuevo golpe cuando se leen los fallos.
Eso cansa y por eso las reacciones emocionales de algunos de los líderes raizales que no entraron a la reunión y que tiraron sus cédulas colombianas al piso, mientras gritaban: “Ortega, Ortega, Nicaragua, Nicaragua”, en una emocional reacción producto del cansancio de que siempre ocurra lo mismo: Se pierde y el presidente viene a poner ‘pañitos de agua tibia’, aunque esta vez, acosado por las circunstancias hizo sonar ‘tambores de guerra’ con su frase de ‘hasta la muerte y hasta el último centímetro’. Al presidente Santos, en esta época de Semana Santa, también le tocó ‘cargar su cruz’ en San Andrés y además salir de la isla de afán, casi corriendo y por la puerta de atrás.
En pocas palabras ‘les quedó grande’ a este gobierno y a los anteriores ganar confianza y credibilidad por que no han querido mostrarle al mundo que aquí hay una familia étnica a la que hay que respetar y que ni siquiera los invitan a tomar parte en la defensa ante los tribunales. Familia étnica que fue dividida en 1928 con el Tratado Esguerra – Bárcenas, cuando se le hizo el primer regalo a Nicaragua, no solo de toda la costa de Mosquitia, que era de Colombia sino de varias islas y mar hasta el meridiano 82. Ahí se les olvido para siempre que hay una Cédula Real de 1803 que define los límites y que desconocerla era abrir la puerta para que Nicaragua avanzara sobre un territorio que no le pertenece.
Aprovechemos la Semana Santa para recordar lo que pasó en el gobierno de Miguel Abadía Méndez, presidente muy activo en las relaciones limítrofes, en su periodo entre 1926 y 1930. ‘Normalizó’, con pérdida para Colombia, los límites con el Perú y con Brasil y cometió el error de reconocerle a Nicaragua propiedades sobre el Atlántico con el Tratado Esguerra – Bárcenas. Ahí comenzó el ‘Viacrucis’ para los raizales, que fueron divididos y menospreciados.
Si algún historiador pensaba que lo peor que hizo el presidente Abadía Méndez fue provocar la masacre de las bananeras, por una inhumana solución militar que le dio a un conflicto laboral entre la United Fruit Company y sus trabajadores, está equivocado, porque aunque la muerte de tantos trabajadores es algo que va a doler eternamente, duele mucho más que, en vida, hayan sometido al sufrimiento y ausencia de sus familiares, a tantos raizales con esa especie de ‘Muro de Berlín caribeño’ que construyó con su ‘regalo’ a Nicaragua y además porque su ‘generosidad’ abrió el desmesurado apetito de los ‘Nicas’ para irse apoderando, poco a poco, de lo que no es de ellos.














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