Informalidad también genera bienestar y empleo en cualquier pared o rincón de esta isla. Cualquier rincón, pared, callejón, mejor dicho cualquier hueco, sirve para vender. La creatividad, el ingenio, y la perseverancia, son actitudes propias de la economía del rebusque. La gente no sabe cómo le va a ir, pero, hace el esfuerzo, atrae, y convence al visitante de comprar productos económicos y de muy poco valor, pero que tienen demanda y gran salida entre el turismo que nos visita, incluido el residente, que también se le apunta a la adquisición de cualquier detallito.
Desde la pava para evitar el sol a la dama, hasta la imitación de los chancletones plásticos tan de moda como los originales, ni que decir de las mochilas que se adquieren por cualquier Diego. Pero, además, se le venden a los turistas y al residente las caretas y respiradores para bucear, la gorra, las gafas para la inclemente canícula isleña, y hasta el salvavidas para el bebé.
La gente hace lo que sea por sobrevivir y rebuscarse dignamente, y eso está bien, mientras no se le haga daño a nadie. Suerte es que le digo a todos los rebuscadores de la plaza ¡Gente berraquísima! Les queda muy poco tiempo por ese lugar del viejo ‘San Andresito’ local; recordemos, que todo ese espacio fue comprado para ampliar, parece ser, la sala de cine más grande de San Andrés, por lo que tocará seguir en la brega hasta que se permita, o de lo contrario a buscar otro hueco, siempre habrá otra opción en la tarea diaria del rebusque. Pero, continuamos la caminata y nos encontramos con un mayor surtido, ahí, debajo del gigantesco árbol de caucho de la vía al aeropuerto. Siempre habrá un lugarcito para sobrevivir.

















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