Por: Juan Carlos Gutiérrez B.
La ocurrencia de huracanes en el Caribe no es un fenómeno raro. Los huracanes devastadores de categoría superior a 2 según la escala de vientos de huracanes de Saffir – Simpson, con vientos superiores a 178 km/h, ocurren cuando confluyen 3 condiciones: Temperaturas del mar por encima de los 26 °C, incremento de los niveles de humedad, y cambios abruptos en la velocidad / dirección del viento (cizalladura vertical) a medida que aumenta la altitud del fenómeno atmosférico. Esta peligrosa combinación fue el origen del letal huracán Katrina de Categoría 5 en Agosto 23 – 31 de 2005, caracterizado por vientos de 280 km/h, con marejadas ciclónicas sin precedentes e inundaciones catastróficas, matando a más de 1.800 personas y ocasionando daños por cerca de US$170.000 millones, en EE. UU.
De acuerdo con Juan Carlos Ortíz, profesor – investigador en Geociencias de la Universidad del Norte, “aunque Colombia no está en la zona de ruta directa de los huracanes, como si lo están las Antillas, el Golfo de México y las costas sur y sureste de los EE.UU, entre 1854 y 2017 se han registrado menos de 20 huracanes de impacto continental e insular en Colombia, siendo el huracán Joan ocurrido en octubre de 1988 (Categoría 3) el más devastador en la historia de Colombia antes del ETA de Noviembre 3 de 2020 (Categoría 4) y del IOTA de Noviembre 16 de 2020.
Sin embargo, en investigación publicada en Octubre de 2020 por la Revista Scientific Reports, Tyler S. Winkler y sus coautores analizaron la incidencia de huracanes en Las Bahamas para un período más largo de tiempo, de 700 años. Bahamas fue azotada por el Huracán Dorian de Categoría 5 en 2019. Según los investigadores desde el año 1.500 han ocurrido al menos 13 huracanes con categoría superior a 2 por siglo en dicha zona del Caribe. En contraste, según Ortiz en el Archipiélago de San Andrés y Providencia la incidencia puede ser menor, aunque el calentamiento global podría aumentar tanto la frecuencia como la intensidad de huracanes devastadores.
Fue IOTA un Black Swan?
Los eventos sorprendentes con consecuencias extremas son conocidos como Black Swans (Cisnes Negros), término acuñado por el matemático Nassim Taleb en 2007, Según Taleb “el Black Swan es un evento extremo que ocurre fuera de nuestras expectativas regulares, porque nada en el pasado confirma la posibilidad de que ocurra, conlleva un impacto extremo cuando ocurre, y nuestra naturaleza humana nos obliga a buscar explicaciones después de que el desastre ocurrió”. Es decir, los Cisnes Negros emergen de manera impredecible, como un tornado o huracán de máxima categoría, a partir de una distribución estadística de colas gruesas (Fat Tails). En contraste, un huracán de categoría igual o inferior a 2 es un White Swan (Cisne Blanco) similar a una crisis financiera producida por vulnerabilidades financieras y errores de política pública. En cierta forma predecible. El hecho de que el IOTA se haya transformado de tormenta tropical a huracán de Categoría 5 entre las 7:00 de la noche del día domingo y las 7:00 de la mañana del lunes, lo convierte en un Black Swan, o evento de cola extrema, un “desconocido desconocido” para los 5.000 habitantes de Providencia. No se necesita que hayan ocurrido previamente en el Caribe insular 1.000.000 de huracanes White Swans de categoría 2 o menor para confirmar la inexistencia de un Black Swan. El IOTA termina contando más que todos los que lo antecedieron, por improbable.
A este respecto hay más ejemplos, la pandemia actual del SARS Cov 2, el daño por Tsunami al reactor nuclear de Fukushima en 2011 y el accidente de Hidroituango son White Swans, un “conocido desconocido”, siendo estos dos últimos facilitados por problemas de diseño e ingeniería. En el caso de la pandemia, un microscópico virus tiene al mundo de rodillas, pero es una pandemia global que teníamos certeza de que ocurriría, no de cuándo. Las pandemias son inevitables, y ocurren como resultado de la estructura del mundo en que vivimos, caracterizado por la globalización, la interconexión y el consumo desmedidos.
Oportunidad en la Crisis:
La forma como el Gobierno de Colombia administre y operacionalice la estrategia para la reconstrucción de Providencia hará que el Black Swan pase de negativo a positivo. Hay que partir de reconocer que los efectos del cambio climático sobre el territorio son inciertos, pero la probabilidad de consecuencias adversas crece, y a largo plazo puede afectar más drásticamente el desarrollo del archipiélago que el microscópico coronavirus.
Para reducir o mitigar a futuro el riesgo de reversión al IOTA en el Archipiélago Colombia debe comenzar por replantear el Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) No. 14 según el cual pretende conservar al menos el 10% de las zonas costeras y marinas, a pesar de que desde 1880 la temperatura de las aguas del Caribe ha aumentado 1,1 grados celsius. Una meta poco ambiciosa que aumenta la fragilidad de costas y poblaciones continentales e insulares, regiones cuyas afectaciones continuarán creciendo en número y tamaño. Entre hoy y el 2030 el Caribe insular colombiano debería contar con una valoración del capital natural en riesgo representado por la biosfera Seaflower, identificando escenarios de conservación, cuantificando su potencial impacto en la economía, la salud humana y la sociedad, y calculando el nivel de costos operacionales requeridos para mantener en buen estado la conservación del capital azul del archipiélago. Esto podría lograrse vinculando a la empresa privada y a organizaciones intergubernamentales en la financiación de la descarbonización azul. De lo contrario, la erosión del capital natural de costas pondrá a las poblaciones en riesgo. Además, es necesario que para maximizar los beneficios tangibles y de bienestar de estas estrategias de conservación se vincule a las comunidades raizales, y a las asociaciones profesionales del Archipiélago tanto a las labores de reconstrucción sostenible de infraestructura como a las labores de generación de proyectos de conservación.
De otra parte, y a nivel macro financiero, el Gobierno de Colombia tendrá que pensar en desarrollar 2 estrategias financieras: 1) Una emisión de Bonos Azules para la conservación de la biosfera del Seaflower, lo cual requerirá formulación y estructuración de proyectos financiables. 2) alianzas público privadas con la industria de seguros nacional e internacional con el fin de cubrir las pérdidas potenciales que se derivarán de los huracanes futuros; las cuales impactarán y generarán disrupción en la infraestructura pública, la industria de turismo, el transporte, y las propiedades inmobiliarias. A este respecto hay antecedentes como lo sucedido con el huracán Katrina, el cual 15 años después ha dado lugar a un mercado de reaseguro de riesgos catastróficos. Hay que empezar a diseñar estrategias de transferencia del riesgo de catástrofe natural a través del mercado de capitales, participando en la emisión de bonos catastróficos, y en la conformación de fondos de INS (Insurance Linked Securities) para transferir el riesgo de las aseguradoras a las reaseguradoras internacionales.
En síntesis, lo que la ciencia intenta desentrañar es cómo el cambio climático antropogénico induce riesgos de cola, aumentando la ocurrencia de inundaciones, y huracanes de máxima categoría e impacto en el planeta. Colombia deberá entender que a mayor temperatura oceánica mayor precipitación de huracanes. El IOTA fue un Black Swan con origen en el cambio climático. Se conjugaron la impredictibilidad del fenómeno, con la fragilidad y la vulnerabilidad de la isla. Es hora de convertir la crisis en oportunidad de desarrollo.
*Sananadresano, Profesor de Finanzas, Seguros y Pensiones
Universidad EAFIT.














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