Por: Daniel Newball H.
Símbolos de esperanza que contrastan con la lucha titánica de una pléyade de defensores del estatus quo es lo que se logra vislumbrar en esta contienda política regional, no sólo a nivel local sino nacionalmente la que se destaca en un juego de poder donde se venden ilusiones y la mayor herramienta de poder es la decepción y el engaño.
Habrá que ver quienes hacen su mejor cara de póquer para poder engañar a sus contendores, una mirada penetrante hacia el ojo de su adversario para venderle el mejor engaño posible y así sacar el mayor provecho posible sin pensar que existen muchos sueños y posibilidades en juego.
Muchos actúan como si no tuvieran nada que perder, como si al final del juego no importara si se lastiman personas, se truncan sueños o si simplemente no tuvieran la necesidad de volver a jugar nuevamente porque sus recursos se escasean y la una posibilidad de poder adquirir recursos es jugando nuevamente las cartas que poseen para ver qué elementos pueden rescatar para garantizar su supervivencia.
En alguna ocasión, manifesté en una columna que la política es para los políticos, ellos manejan sus discursos y sus estratagemas de poder, movimientos de piezas que sólo ellos entienden y que quien se atreve a entrar en la contienda es muy probable que lo destrocen sin piedad por simplemente no entender las variables del juego.
Sagaces estrategas y sociópatas que entienden el alma humana, que comprenden las necesidades de las personas vendiéndose como auténticos salvadores y redentores con la solución a todos sus problemas, manipuladores que logran mover a las masas necesitadas con discursos cantinflescos y una rica verborrea para luego desmoronar una sociedad ya desmotivada con otra jugada maestra de engaño y decepción.
La pregunta que surge en estos momentos es quienes serán los orquestadores de este juego, en esta interminable cadena alimenticia en la cual nos encontramos sumidos quien es el orquestador de todas las jugadas y el máximo recolector del máximo beneficio de toda esta mercado de ilusiones y humillaciones.
La otra pregunta que surge es que si los que están vendiendo esa ilusión de control de un sistema ya corrompido no tendrán retaliación por sus acciones, acaso no vendrá el castigo por lo que vienen haciendo o si, por el contrario, piensan que lo que hacen para beneficio propio y no para la comunidad a la que dicen estar sirviendo seguirá de forma interminable para siempre.
Una monografía titulada “Mentiras y engaños en la izquierda: la política de la autodestrucción”, escrita por Carlos Riba Garcia señala que es de recordar que todo sistema, como cualquier ser vivo, tiene un periodo de gestación, otro de consolidación, otra de multiplicación y finalmente un desvanecimiento, al punto que nadie que exista para ese entonces sabrá de la existencia de ese antiguo sistema que alguna vez fue objeto de críticas y cuestionamientos por su forma infame e indolente de liderar el proceso para el cual se le otorgó la responsabilidad de encabezar.
En el último año, las que parecían ser esperanzadas señales del surgimiento de gobiernos de izquierda que serían vigorosas alternativas a los regímenes de derecha favorables a Estados Unidos se convirtieron en un calco de aquéllos; en los años venideros, esto les relegará al basurero de la historia. El ascenso y la rápida decadencia de los gobiernos de izquierda en Francia, Grecia y Brasil no son el resultado de un golpe militar, ni tampoco de las maquinaciones de la CIA.
La debacle de esos gobiernos de izquierda es el resultado de unas decisiones políticas deliberadas que rompen decididamente con unos programas progresistas, unas promesas y unos compromisos que los líderes políticos hicieron al electorado compuesto por trabajadores y representantes de las clases medias que finalmente les eligieron.
A nuestra mente llegan varias explicaciones para estas traiciones políticas. Una es que a pesar de su discurso popular y “obrerista”, estos partidos estaban dirigidos por abogados, profesionales y burócratas sindicales de clase media, desconectados orgánicamente de su base militante.
Durante las campañas electorales, en procura de los votos, se unen un momento con los trabajadores y los pobres, pero después pasan el resto del tiempo en restaurantes caros para conseguir “acuerdos” con los banqueros, hombres de negocios propensos al soborno e inversores extranjeros para financiar las elecciones siguientes, la escuela privada de sus hijos y el lujoso piso de su querida.
Al final, el pueblo les corresponderá dándoles la espalda y rechazando sus pedidos de reelección para “una segunda oportunidad” y el pueblo maldecirá su recuerdo y su traición a una causa noble.















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